COSAS QUE DESTESTO PARTE I
Para empezar (y ya empezamos mal) detesto con un sentimiento visceral, diría, que me interrumpan cuando estoy escribiendo.Tener que levantarme para venir a trabajar, caminar las 7 cuadras que separan mi mullida cálida y cómoda cama de la puerta del negocio, y para colmo, cuando llego, con una cara que pareciera que todos los alegres feligreses de la caminata a Lujan hayan pasado sobre ella, encuentro algunas personas esperándome. Hay ciertas cosas que no logro entender; por ejemplo, quitemos la posibilidad de que llegue tarde, es decir, a pesar de que me irrite mucho tener que hacerlo, abro puntualmente a las diez de la mañana. En la puerta hay un cartel, no solo de tamaño considerable, sino que es horrendamente llamativo, el cual despeja toda duda sobre el horario de atención. No obstante muchas veces encuentro algunas infelices almas esperando. Pero esto no es lo peor de todo, sino que cuando pacientemente termino de abrir (subir la persiana, sacar carteles, etc.) pasan y me dicen muy holgadamente “Desde las 7 de la mañana que lo estoy esperando”. Cuando me dicen alguna cosita de estas, pienso instantáneamente: “me pregunto si sos siego o definitivamente pelotudo. Con semejante, y por lo visto inservible, cartel que hay en puerta, ¿no leyeron que se abre a las diez? Y si por alguna incapacidad visual (o mental, no se, habría que analizarlo más detalladamente) no se puede leer el cartel ¿no se dan cuenta de que ningún otro negocio de la zona, ni la mercería de enfrente, ni la pañalera, ninguno está abierto? Si se corren un poco en la cuadra, ni la panadería está abierta.” Todo eso pienso, pero poniendo la mejor cara de buena persona (lo cual, a ciertas personas, nos resulta muy dificultoso), dibujo una media sonrisa, y digo amablemente: “y…no, a esa hora aun no abrimos, señor.”También detesto que se me peguen los borrachos desconocidos a hablar. Estoy en una fiesta o algo parecido y en cuanto me quedo un minuto solo, veo que alguno, con la cara un poco desdibujada, empieza a rodearme, a mirarme de reojo, la camisa un tanto salida del pantalón, eventualmente un zapato o zapatilla desatada, una mano en el bolsillo, la otra colgando, se va acercando como por casualidad, se sienta a mi lado y me dice arrastrando las consonantes, particularmente la erre: “que jodida está la cosa, che”. Y como, aunque me vienen unas ganas irrefrenables de mandarlo a la concha de su madre, estoy ahí invitado por algún amigo y por eso, únicamente por eso, me controlo, respondo: “y…si.” Después de eso, sigue ese discurso casi indescifrable y no menos insoportable en el que te cuenta sus penurias, que recorren su vida desde que era un niño de jardín y los compañeritos no lo querían dejar jugar con el contador, hasta el día anterior, cuando su chica se encamó con su mejor amigo o su padre o andá a saber qué mierda dice. Después de eso, paso, sin escalas, de las ganas de mandarlo a la concha de su madre a querer cagarlo a trompadas, pero por las razones antes expuestas me controlo. Entonces empiezo a buscar una manera de irme y dejarlo ahí, con lo cual, comienzo a mirar para todos lados, a ver si algun amigo me ve y me hace una seña o cualquier cosa que me de pie para irme, y en eso, veo que tengo medio vaso de cerveza en la mano, entonces, lo tomo todo de un trago y digo: “me voy a buscar más birra” y, por supuesto, jamás regreso.